lunes, 29 de julio de 2013

y aún así me queda corazón para sentirlo todo.

Si hay algo que adoro de mi ciudad es que siempre es un buen día para caminar. Los árboles son hermosos aún en invierno, la contaminación acústica es soportable y las veredas no se encuentran tan aglomeradas. Concepción es perfecto, sólo depende por donde lo mires. Durante estos cinco años universitarios siempre me ha gustado mi trayecto hacia casa. Salir de la universidad, ponerme los audífonos y escuchar canciones que le dieran un significado a mi atardecer. Pero más que cualquier cosa, mi trayecto a casa era lo mejor de mi día porque, a pesar de todo lo que tendría que caminar, mi destino siempre iba a ser uno: mi hogar. Sabía lo que me esperaba, como la equis que se marca en el lugar del tesoro: Una casa con la estufa prendida, un té caliente y los ronroneos de mi gatito. Aquellos eran mis días más felices y yo me daba cuenta de ello. Lo disfrutaba, lo aprovechaba...

Una sonrisa siempre marcaba mi rostro al presionar las llaves contra mi puerta. En ese momento lo escuchaba a él, maullando, esperando mi llegada. Luego de abrir la puerta, mi primer gesto era traerlo hacia mis brazos y hacerle cariño. Pasar mi cara por su pelaje suave y decirle lo mucho que lo extrañé en el día. Luego lo llevaba hacia mi pieza, dejaba mi mochila tirada a un lado del velador y me acostaba con él mientras él dejaba sus pelos por toda la cama. Después me daba cuenta que tenía mucha hambre, por lo que íbamos juntos a la cocina. Le servía un poco de comida en su plato y calentaba la mía. Mientras almorzaba él siempre estaba en la silla del lado izquierdo, mirándome (y esperando a que le diera un poco de lo que sea que comía). Mis papás trabajan durante todo el día así que por lo general éramos sólo él y yo. Después de comer íbamos a mi pieza en donde yo, hiciera lo que hiciera (estudiar, tocar piano o escuchar música) su compañía siempre era fundamental. Adoraba su cabecita en mis piernas, o cuando hacía mucho frío y se metía dentro de mi cama y comenzaba a ronronear. Aún cuando dormía siestas y yo no soportaba sus ronquidos, siempre me los aguantaba y trataba de dormir nuevamente, porque al menos lo tenía entre mis brazos y me entregaba amor, desde que tenía 8 años.

Hoy, hace cinco días atrás, decidí caminar nuevamente por mi ciudad. Me di cuenta que muchos días encerrada no le hacen bien a nadie así que emprendí mi caminata sin rumbo por el centro, escuchando música, mirando el atardecer. Cuando era tiempo de volver a casa hacía exactamente lo de siempre, abría la reja de mi casa con cierta excitación, las llaves hacían el ruido previo para abrir mi puerta principal, pero él ya no estaba para recibir mis cariños. No. Él ya se había ido. Y fue ahí cuando me tocó: mi casa ya no era un hogar, nunca más iba a serlo. Y eso me dolió a más no poder. Ahora lo único que me queda es su mantita  y sus recuerdos, nada más. Quince años para dejar esas dos cosas y un corazón hecho pedazos que me hace sentir indefensa a más no poder. Quince años y todo el amor se queda a seis metros enterrado bajo mi patio. Quince años, dos meses y ocho días para decirme adiós con sus ojos cansados y su apego inexplicable hacia mí, junto a mi cama, y yo no pude verlo. Yo, como la más estúpida, pensé que se iba a recuperar y que nuestros días iban permanecer así, siguiendo el patrón de mi rutina: caminar hacia casa para terminar en sus brazos, que eran, sin duda alguna, mi único hogar.



sábado, 27 de julio de 2013

Mi amor tiene cuatro letras, enserio.

Aún me duele el pecho cuando te veo tan sincero y sin preocupación en mis sueños. Me encantas. Ojalá te observaras y me preguntaras qué es lo que te hace tan peligroso e inhumano. Yo encuentro consuelo en aquellos sueños pero aún me duele el pecho cuando te veo así tan despabilado, en mis brazos. Comenzaría por quitarte la pelusa de las cejas y pasaría mi nariz por tu piel para que sintieras que es verdad. Suelo ser muy fría cuando se trata de mí, pero contigo no me importaba cerrar los ojos y levantarme con la misma cara y la escarcha de mi vida. Quiero tus ojos y ronroneos, quiero tu olor en mi almohadón. Vuelve, por favor vuelve...


No habían palabras, ni un diálogo, sólo recuerdos y amor; me duele el pecho cuando te veo ahí al despertar, sin morder ni un suspiro, ni un recuerdo, ni un yo tan de ti.


Ni Londres, ni París, simplemente donde estás tú.

y con esto tocaré uno de los temas más sensibles de mi vida y lo diré sin remordimientos. Aquí voy, tres, dos, uno, Ok no, no lo diré. Perdonen mi cobardía, pero hoy en día amar a los animales no se compara con amar a las personas, y el cáncer no se compara con la diabetes y ser fanática de los libros no se compara con ser la chica más popular y ser profesora no se compara con ser doctor. Porque siempre hay algo más digno que otra cosa, algo más terrible que otra cosa, y el dolor tuyo por el mío no tiene ni patas ni cabezas. Que mal estamos señores, si seguimos comparando mi problema por el tuyo, no vamos a llegar a ninguna parte. Mis sentimientos y los tuyos son dos cosas distintas eso sí, pero de igual importancia, porque somos personas y no podemos estar rankeando la gravedad de los problemas de los otros. Si es una persona que importa y valoramos, un uno y un diez son la misma cosa, punto final.


viernes, 26 de julio de 2013

La historia interminable (adiós síndrome de Peter Pan).

y en el fondo todo se resume a que me terminé de leer un libro que me dieron hace exactamente diez años, el cual se llama la historia interminable. Es así como me doy cuenta las mil y un cosas que pasaron en estos diez años, comencé a leerlo a los trece y el tiempo pasó y me cambié de colegio para empezar la enseñanza media y así, al empezar a hacer otras cosas se me fue olvidando la historia. 

Luego en el colegio, comencé a leerlo nuevamente y, extrañamente, siempre me quedaba trancada en la página doscientos y tanto. Luego, al entrar a la universidad comencé a leerlo de nuevo, y otra vez más quedé trancada en casi el mismo capítulo de antes. Hasta que el año pasado me las di de lectora compulsiva y comencé a leer trilogías, novelas, etcétera y encontré mi preciado libro que pensé que había perdido, así que comencé a leerlo (nuevamente) y sí, quedé en el mismo capítulo, trancada en la página doscientos y tanto. 

No, es que hasta comencé a creer que de verdad el libro era la historia interminable, por mi cabeza pasaron supersticiones absurdas de que poco menos mi libro (o yo) estaba maldito, hasta que hace dos días no aguanté más y me dije a mí misma: Melissa, ni pienses en salir de tu casa hasta terminar el libro ¡no puede ser que hayan pasado diez años y todavía no sepas el final de la historia interminable! : dicho y hecho. Comencé a leerlo y es así como recordé por qué lo dejé de lado por tantos años.

 El libro es maravilloso y único, sin embargo trae a relucir ciertos aspectos que, como personas adultas, vamos dejando atrás con el tiempo: la imaginación, la niñez, lo sorprendente y lo mágico. Es por esto que me costaba tanto tomarle el ritmo a la historia después de haber dejado de leerla por tanto tiempo; ahora ya no tengo trece años, y por más que me guste de vez en cuando volver a querer ser pequeña, el mundo de las responsabilidades y la independencia es lo que se me viene al final del túnel. 

Aún así, es bonito escapar de la realidad por unas horas y darme cuenta que a pesar de que hayan pasado diez años, sigue habiendo una niña en mí que piensa que la persona que está en ese libro podría ser yo. Pero así como en los libros, los capítulos terminan y aquella historia debía terminar para así poder leer otras, y recordar, lo que hace algún tiempo me hizo sentir una niña o adolescente. Y es que ahora estoy hablando de la vida en general, los capítulos que alargué por muchos años deben concluir. Es como por ejemplo cuando ves una serie que te gustaba mucho, pero que la alargaron por veinticuatro temporadas y en el fondo piensas, hmmm, debería haber terminado en la octava y hubiese sido perfecto.

 Es así como hoy le digo adiós a mis ganas de no querer crecer (que siempre van y vienen, cuando veo que el futuro se viene de golpe), ya no postergaré mis responsabilidades ni fomentaré mi flojera en momentos de ocio, ni dejaré que mis achaques se apoderen de mí, porque he aprendido que cada momento es una oportunidad para seguir creciendo, y crecer no tiene por qué ser malo.

 Ahora soy una mujer, lista para dejar el pasado atrás, para crear mis propias historias y terminar mis capítulos cuando deben; ahora es el momento para entusiasmarme y darle frente a mi vida (que, believe it or not, está recién empezando).