Si hay algo que adoro de mi ciudad es que siempre es un buen día para caminar. Los árboles son hermosos aún en invierno, la contaminación acústica es soportable y las veredas no se encuentran tan aglomeradas. Concepción es perfecto, sólo depende por donde lo mires. Durante estos cinco años universitarios siempre me ha gustado mi trayecto hacia casa. Salir de la universidad, ponerme los audífonos y escuchar canciones que le dieran un significado a mi atardecer. Pero más que cualquier cosa, mi trayecto a casa era lo mejor de mi día porque, a pesar de todo lo que tendría que caminar, mi destino siempre iba a ser uno: mi hogar. Sabía lo que me esperaba, como la equis que se marca en el lugar del tesoro: Una casa con la estufa prendida, un té caliente y los ronroneos de mi gatito. Aquellos eran mis días más felices y yo me daba cuenta de ello. Lo disfrutaba, lo aprovechaba...
Una sonrisa siempre marcaba mi rostro al presionar las llaves contra mi puerta. En ese momento lo escuchaba a él, maullando, esperando mi llegada. Luego de abrir la puerta, mi primer gesto era traerlo hacia mis brazos y hacerle cariño. Pasar mi cara por su pelaje suave y decirle lo mucho que lo extrañé en el día. Luego lo llevaba hacia mi pieza, dejaba mi mochila tirada a un lado del velador y me acostaba con él mientras él dejaba sus pelos por toda la cama. Después me daba cuenta que tenía mucha hambre, por lo que íbamos juntos a la cocina. Le servía un poco de comida en su plato y calentaba la mía. Mientras almorzaba él siempre estaba en la silla del lado izquierdo, mirándome (y esperando a que le diera un poco de lo que sea que comía). Mis papás trabajan durante todo el día así que por lo general éramos sólo él y yo. Después de comer íbamos a mi pieza en donde yo, hiciera lo que hiciera (estudiar, tocar piano o escuchar música) su compañía siempre era fundamental. Adoraba su cabecita en mis piernas, o cuando hacía mucho frío y se metía dentro de mi cama y comenzaba a ronronear. Aún cuando dormía siestas y yo no soportaba sus ronquidos, siempre me los aguantaba y trataba de dormir nuevamente, porque al menos lo tenía entre mis brazos y me entregaba amor, desde que tenía 8 años.
Hoy, hace cinco días atrás, decidí caminar nuevamente por mi ciudad. Me di cuenta que muchos días encerrada no le hacen bien a nadie así que emprendí mi caminata sin rumbo por el centro, escuchando música, mirando el atardecer. Cuando era tiempo de volver a casa hacía exactamente lo de siempre, abría la reja de mi casa con cierta excitación, las llaves hacían el ruido previo para abrir mi puerta principal, pero él ya no estaba para recibir mis cariños. No. Él ya se había ido. Y fue ahí cuando me tocó: mi casa ya no era un hogar, nunca más iba a serlo. Y eso me dolió a más no poder. Ahora lo único que me queda es su mantita y sus recuerdos, nada más. Quince años para dejar esas dos cosas y un corazón hecho pedazos que me hace sentir indefensa a más no poder. Quince años y todo el amor se queda a seis metros enterrado bajo mi patio. Quince años, dos meses y ocho días para decirme adiós con sus ojos cansados y su apego inexplicable hacia mí, junto a mi cama, y yo no pude verlo. Yo, como la más estúpida, pensé que se iba a recuperar y que nuestros días iban permanecer así, siguiendo el patrón de mi rutina: caminar hacia casa para terminar en sus brazos, que eran, sin duda alguna, mi único hogar.