Estaba
sentada en aquél lugar, contenta y dichosa por todo lo que había sucedido.
Asimilando todo, con mucho frío, sonrojándome mientras tú pronunciabas aquellas
cinco palabras que podrían hacer cambiar mi destino por siempre. Estabas
nervioso y yo, yo simplemente ya no te podía mirar a los ojos. Las palabras
salieron de tu boca en menos de tres segundos. Respiré, y te miré, fijamente.
Algo ya no se sentía bien, mis manos comenzaron a temblar. Y justo en aquél
momento, mientras tus ojos pedían avanzar, los míos querían retroceder. No es
así como quería que sucediera. No me malinterpretes. Simplemente soy una mujer
que sabe lo que quiere, o que al menos solía pensar saberlo. Pero ya sé que eso
que quiero no eres tú. Los sentimientos cambian. Una acción, una mirada,
aquellas cinco palabras lo cambiaron todo. ¿Por qué las dijiste? ¿Por qué? Yo
te hubiese querido tanto, tanto que ni te imaginas. Y tú, tú hubieses seguido
siendo perfecto e intachable. Pero lamentablemente, eso no hubiese sido real.
Mis ojos lo dijeron todo. Nada se sentía bien después de eso. Quería marcharme.
Respiré fuerte y de un momento a otro el aire ya no se sentía tan tenso. No
habían nervios, no había amor. Mi mano ya no iba a buscar a la tuya y en el
adiós ya no iba a haber bienvenida.
