Mis manos comenzaron a temblar esa tarde de enero. Se sentían diferentes, intranquilas. Nunca he creído las exageraciones de los poetas acerca de estos sentimientos, porque son cosas que no había sentido nunca. Eran las seis y media y no podía soportar ver tu partida. Tomé tus manos. Sí, lo hice. Te pedí que te quedaras. Aquí. Conmigo. No sé por qué dije eso. En ese segundo y medio pude ver a través de tus ojos y me dí cuenta que tú también podías ver a través de los míos. Mi corazón comenzó a latir fuerte. Muy fuerte. Sentía como si algo malo, muy malo le fuese a suceder a mi organismo. Mierda. Mis ojos me delataron. Mantener la calma. Sí, eso hice. Solté tus manos. Las solté. Soy una estúpida. Tus ojos me miraban confundidos y me hablabas de cosas triviales mientras tus ojos hacían mil y un preguntas que yo no sabía como responder. No puedo mentirte. No puedo decirte la verdad. Se requiere de valor y besos que no te puedo dar. Amor, por favor entiéndelo. Soy una mujer muy complicada. Muy simple. Muy emotiva, muy racional. Buscaste mis manos nuevamente y algo en mí ya no se sentía correcto. No. Las esquivé las tres veces que intentaste tomarlas. Soy una estúpida nuevamente. ¿Que si todo está bien? Sí, claro, todo bien. Es sólo que mis manos transpiran y tengo la presión el doblemente alta pero todo está bien. Mierda. Mierda, mierda. Te estás acercando. No. No. Espera. Vas muy rápido. Así no. Y durante ese momento me di cuenta que entre que llegamos acá y comenzaste a tomar mis manos, pasaron siete años y un día, no una tarde de enero. En un minuto, la historia de mi vida...