sábado, 23 de agosto de 2014

La culpa es de los libros.

    El cielo estaba despejado y frente a mí, mil y un estrellas le daban la bienvenida a la noche. Qué triste, pensaba. Qué triste y nostálgico es estar allí, a pocos metros del cielo, con música, con cigarros, pero sin ti. Porque en ese momento, al tener a las estrellas tan cerca y mis sentimientos en la palma de mi mano, me fue imposible no querer su compañía aunque no sabía cómo se sentiría. Simplemente, quería creer que sus brazos me darían abrigo algún día, que sus manos se entrelazarían en las mías. Que de sus labios, saldrían las palabras "te quiero" y besos y caricias interminables después de ello. Pensaba en su cuerpo y en las palpitaciones de su pecho. Y más aún, en la suavidad de su cara cuando intentase acariciarla mientras yo buscaría perderme en sus lunares y en su olor. Me enamoraría a pequeños pasos. Primero de su esencia, de sus sentimientos, de sus gestos, de sus defectos. Después de sus libros, de sus canciones, de sus tristezas y de sus historias. El tiempo pasaría y yo, con mis arrugas, seguiría viendo al hombre veinteañero que alguna vez conocí a través de mis ojos cansados. Y sus labios, a pesar del tiempo, seguirían sabiendo a miel y tabaco. Y su piel seguiría oliendo a vainilla y perfume, dulce muy dulce, que hasta en nuestro futuro seguiría perfumando mis prendas de vestir cada vez que me abraza por la cintura o me toma, con sus manos suaves y fuertes, por el cuello y mi espalda. No sé mucho de la vida ni sé mucho del amor pero sí sé que ahora que estoy aquí, hundida en nostalgia y pensando en él, que debo traerlo aquí, porque tendremos un lugar, un lugar y escalones y recuerdos y olores nuevos y yo, después de eso, sólo sé que ya no tendré más tierra bajo mis pies.  


   
                

No hay comentarios:

Publicar un comentario