El
cielo estaba despejado y frente a mí, mil y un estrellas le daban la bienvenida
a la noche. Qué triste, pensaba. Qué triste y nostálgico es estar allí, a pocos
metros del cielo, con música, con cigarros, pero sin ti. Porque en ese momento,
al tener a las estrellas tan cerca y mis sentimientos en la palma de mi mano,
me fue imposible no querer su compañía aunque no sabía cómo se sentiría.
Simplemente, quería creer que sus brazos me darían abrigo algún día, que sus
manos se entrelazarían en las mías. Que de sus labios, saldrían las palabras
"te quiero" y besos y caricias interminables después de ello. Pensaba
en su cuerpo y en las palpitaciones de su pecho. Y más aún, en la suavidad de
su cara cuando intentase acariciarla mientras yo buscaría perderme en sus
lunares y en su olor. Me enamoraría a pequeños pasos. Primero de su esencia, de
sus sentimientos, de sus gestos, de sus defectos. Después de sus libros, de sus
canciones, de sus tristezas y de sus historias. El tiempo pasaría y yo, con mis
arrugas, seguiría viendo al hombre veinteañero que alguna vez conocí a través
de mis ojos cansados. Y sus labios, a pesar del tiempo, seguirían sabiendo a
miel y tabaco. Y su piel seguiría oliendo a vainilla y perfume, dulce muy
dulce, que hasta en nuestro futuro seguiría perfumando mis prendas de vestir
cada vez que me abraza por la cintura o me toma, con sus manos suaves y
fuertes, por el cuello y mi espalda. No sé mucho de la vida ni sé mucho del
amor pero sí sé que ahora que estoy aquí, hundida en nostalgia y pensando en
él, que debo traerlo aquí, porque tendremos un lugar, un lugar y escalones y
recuerdos y olores nuevos y yo, después de eso, sólo sé que ya no tendré más
tierra bajo mis pies.

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