Era el segundo día que nos veíamos desde nuestro primer encuentro. Mi corazón estaba en el estómago y durante todo mi trayecto pensaba en cómo debería saludarte a pesar de que ya nos habíamos dado nuestro primer beso. Cuando te divisé a la distancia, dejé de pensar y corrí a besarte como si ya fueras mío desde hace mucho tiempo. Te abracé y en mi abrazo besé tu cuello y acaricié con mis dedos tu pelo negro. Tomados de las manos, nos sentamos en aquellas escaleras que se transformaron en nuestro lugar recurrente. Me hablaste de lo mucho que me echabas de menos, que odiabas haberte enfermado el día anterior porque significaba que pasaste un día menos sin mi. Como si un día más conmigo fuese el regalo más preciado que podrías haber pedido. Sentados ahí, me sentía completamente frágil y asustada por finalmente tener tú rostro frente a mí. Encontré belleza. No en tus labios, sino que en las palabras suaves que los separaban. Y tus ojos no eran hermosos por su color, sino que porque finalmente se encontraron con los míos. Los días que pasamos separados me imaginaba ese momento en el cual eventualmente te tendría frente mío y no sabía como afrontar mi fantasía hecha realidad. No podía creer que tenía al hombre con el que me imaginaba una vida entera en aquél lugar conmigo, entrelazando mis manos, tocando mis piernas, llenándome de amor. No tienes idea de lo especial que eras. Eras real, eras diferente. Un pétalo suave rodeado de espinas en su exterior. Pero yo veía la sublimidad en ti, sentía que te conocía desde siempre.
Tomé tu cara con mis dos manos y comencé a acariciarla mientras, de a poco, besaba tus mejillas y tus ojos y tú nariz, hasta llegar a tus labios. Después de cada beso no quería despegar mi cara de la tuya, por lo que me quedaba rozándola con tus mejillas y sentía como tú hacías el mismo ritual conmigo. Todo se sentía íntimo y rodeado de una extrema ternura. Cuando te besaba no sentía que besaba sólo tus labios, sino que también tu alma, tu vulnerabilidad, tu fragilidad. Sentía ternura, sentía erotismo, pero sobre todo amor. Nunca te dije lo especial que fueron esos momentos para mí, algo tan simple y tierno como estar sentados en una escalera, cautivada por tu sensibilidad y la esencia de ti. Yo escuchándote y acariciándote, y tú siendo vulnerable conmigo al punto de contarme partes de ti que sé que hasta el día de hoy no compartes con nadie. Lo recuerdo todo.
Desearía haber tenido ese día extra contigo cuando te enfermaste, desearía volver a sentirme así una vez más. Cuando mi amor era puro, cuando me sentía completamente entregada a ti. Volver a impregnarme de tu aroma dulce. Abrazarte como si quisiera unirme a ti. Cuando mi deseo era parte del amor que estaba sintiendo. Cuando pronunciaba tu nombre suavemente sólo para sentir que, con tus ojos reflejándose en los míos, yo ya era de ti. Frecuentemente, nos imaginaba tomados de las manos viendo nuestras películas favoritas. O sentados bajo los árboles con tu cabeza en mis piernas. Escuchando tu risa al pasar el día y observando los lunares de tu cuello cuando piensas que no te estoy mirando. Y todo lo que podía hacer, era esperar a que cuando tus ojos se cerraran, tu mente se llenara de pensamientos de mi. Porque a pesar de ser joven e inexperimentada, podría haber pasado el resto de mi vida buscando sentir algo similar, sin nunca haber encontrado algo tan hermoso como la manera en cómo me mirabas cuando nuestras almas se conectaban.
Tomé tu cara con mis dos manos y comencé a acariciarla mientras, de a poco, besaba tus mejillas y tus ojos y tú nariz, hasta llegar a tus labios. Después de cada beso no quería despegar mi cara de la tuya, por lo que me quedaba rozándola con tus mejillas y sentía como tú hacías el mismo ritual conmigo. Todo se sentía íntimo y rodeado de una extrema ternura. Cuando te besaba no sentía que besaba sólo tus labios, sino que también tu alma, tu vulnerabilidad, tu fragilidad. Sentía ternura, sentía erotismo, pero sobre todo amor. Nunca te dije lo especial que fueron esos momentos para mí, algo tan simple y tierno como estar sentados en una escalera, cautivada por tu sensibilidad y la esencia de ti. Yo escuchándote y acariciándote, y tú siendo vulnerable conmigo al punto de contarme partes de ti que sé que hasta el día de hoy no compartes con nadie. Lo recuerdo todo.
Desearía haber tenido ese día extra contigo cuando te enfermaste, desearía volver a sentirme así una vez más. Cuando mi amor era puro, cuando me sentía completamente entregada a ti. Volver a impregnarme de tu aroma dulce. Abrazarte como si quisiera unirme a ti. Cuando mi deseo era parte del amor que estaba sintiendo. Cuando pronunciaba tu nombre suavemente sólo para sentir que, con tus ojos reflejándose en los míos, yo ya era de ti. Frecuentemente, nos imaginaba tomados de las manos viendo nuestras películas favoritas. O sentados bajo los árboles con tu cabeza en mis piernas. Escuchando tu risa al pasar el día y observando los lunares de tu cuello cuando piensas que no te estoy mirando. Y todo lo que podía hacer, era esperar a que cuando tus ojos se cerraran, tu mente se llenara de pensamientos de mi. Porque a pesar de ser joven e inexperimentada, podría haber pasado el resto de mi vida buscando sentir algo similar, sin nunca haber encontrado algo tan hermoso como la manera en cómo me mirabas cuando nuestras almas se conectaban.

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